Hot dogs – ES
Era una de esas noches tan húmedas que podías ver la humedad trepando por la pared antes de dormir. Las pijamas eran pocas y el frío, implacable. Aún así, había una extraña paz en el aire. Aún así, era feliz.
Los sueños nocturnos eran un pequeño infierno. Siempre despertaba gritando, convencida de que perdía a mi madre. Ella era tan importante que incluso su ausencia imaginada me desgarraba. Con el tiempo, me habitué a esas pesadillas; terminé creyendo que se debían a lo tarde que me dormía… o quizá a ese frío del invierno que se metía en los huesos. Crecí así, entre noches heladas y sueños turbios, hasta que un día mis padres compraron un calefactor. Y ese calefactor, por extraño que parezca, lo cambió todo.
El calefactor trajo un cambio enorme. El dormitorio comenzó a sentirse un poco más tibio y, gracias a eso, mi hermana y yo podíamos dormir mejor. El único inconveniente era que el baño seguía estando afuera, en el patio, lejos de cualquier rastro de calor. Pero crecimos así, y ¿qué podíamos hacer? Uno termina acostumbrándose a todo; al final, se vuelve parte de uno.
Los días pasaban y el frío se hacía cada vez más cruel, pero el calefactor nos salvaba.
Una tarde, mi mamá llegó con hot dogs, pero no teníamos gas ni petróleo para la cocina. No sabíamos cómo cocinarlos. Entonces miré a mi hermana y le dije:
—¿Y si los ponemos junto al calefactor? Podemos imaginar que estamos de campamento.
Ella me miró, sonrió, y sin pensarlo dos veces agarramos dos tenedores. Tomamos un hot dog cada una y los sostuvimos frente al calefactor. Y así, entre risas y un poco de imaginación, los hot dogs empezaron a cocinarse.
Los hot dogs no estaban nada mal. Era la primera vez que hacíamos algo así: cocinarlos en el calefactor. Aquello nos trajo un poco de vida en ese instante, no solo a mi hermana y a mí, sino también a mi mamá.
Mientras los sosteníamos con los tenedores, mi mamá entró al cuarto y preguntó:
—¿Qué están haciendo ustedes?
Yo, entusiasmada —porque siempre fui la más pequeña— le respondí:
—Estamos cocinando los hot dogs. ¡Estamos de campamento!
Mi mamá dijo simplemente:
—OK.
Ella era así: muy relajada. Siempre nos dejaba vivir nuestras aventuras, nuestros pequeños sueños. Siempre encontraba la manera de que fuéramos felices en cualquier momento, aunque las circunstancias fueran difíciles.
Los días pasaban, pero descubrir que podíamos cocinar hot dogs —y después marshmallows— nos llenaba de alegría. Esos minutos frente al calefactor eran un pequeño escape de todo lo que pasaba a nuestro alrededor. Mi hermana Marianne siempre se aseguraba de que nunca nos faltaran hot dogs; eso también le recordaba a mamá comprarlos todas las semanas. Quizá no era lo más saludable, pero nos daba esperanza y nos hacía felices.
Todas las semanas esperábamos los hot dogs. Solo los compraban por unos días, así que no podíamos comerlos todos los días. Era nuestro momento, el mejor momento con Marianne.
Un día Marianne me llamó:
—Olivia, pídele a mamá más hot dogs.
Como era la más pequeña, tal vez pensó que mamá no me diría que no. Pero mamá fue clara:
—No, Olivia. Hot dogs no son para todos los días.
Así que esperábamos todos los domingos, el día que mamá iba al mercado por ellos. Más tarde empezó a comprar los de pollo, decían que eran más saludables. Hoy no estoy tan segura de eso, pero en ese momento nos dejó algunos traumas.
Cuando íbamos al colegio, no hablábamos del tema. Mi hermana y yo no nos comunicábamos allí; ella era mucho mayor. Pero los hot dogs siempre estaban en mi mente. No me podía concentrar en clase porque pensaba en ellos y en aquel campamento imaginario con mi hermana y mamá. No sé si Marianne imaginaba lo mismo, pero para mí eran maravillosos días de invierno. Recuerdo más los hot dogs que las paredes húmedas y el frío intenso de la noche. Muchas veces mis manos estaban heladas y solo quería estar en la cama, pero había tareas que hacer, cosas que hacer.
Un día, de la nada, me enfermé. Fiebre alta. Garganta ardiendo. Mamá y mi abuela no sabían qué hacer para bajármela. Tenía mucho frío. Temblaba. Solo pensaba: “Ya no quiero estar enferma. Nunca más. Ya no quiero enfermarme nunca más.”
La casa era muy húmeda. El colchón húmedo. Todo húmedo. Solo tenía un jumper que tardaba días en secar cuando lo lavaban. Aun así, lo único que quería era mejorar para poder comer hot dogs con mi hermana.
La fiebre no cedía. Mamá tuvo que llevarme de urgencias al hospital. Marianne se quedó con mi abuela y mis hermanos. Yo no sabía qué hacer. Todo dolía. Me pusieron una inyección dolorosa para bajar la fiebre. Tenía infección. Vi la preocupación en los ojos de mamá. Creo que estaba tan mal que asusté incluso a los doctores.
Estaba en el hospital, y las enfermeras esperaban que me bajara la fiebre después de esa inyección horrible. Vi a mi mamá sentada, esperando, y parecía que estaba rezando. No entendía la magnitud de mi enfermedad; solo sabía que mi cuerpo estaba debilitado y me sentía pequeña.
Pero no dejaba de pensar en mi hermana y mi mamá y en la casa húmeda. La doctora le dijo a mamá que si la fiebre no bajaba, tendrían que internarme. Mamá estaba nerviosa; cogía los dedos de sus manos con presión. Una enfermera puso bolsas calientes en mis pies; temblaba sin parar. Estaba con suero, no entendía nada.
De pronto, creo que perdí conciencia. Luego desperté y vi la cara de la doctora:
—Muy bien, regresaste.
Mamá estaba a mi lado. En esa época no había teléfonos en casa, así que ella no podía comunicarse con nadie. Me mandaron a casa y me dijeron que debía quedarme en cama. Cuando llegamos, después de todo el día sin comer nada, tenía mucha hambre.
Mamá compró hot dogs ese día, miércoles. Solo porque estaba recuperándome.
Mi abuela no era muy afectuosa ni expresiva, pero vi su rostro: feliz de verme llegar del hospital después de haber estado muy enferma. Poco a poco comprendí que no tenía las mismas oportunidades que mis compañeros del colegio. Todo era más difícil, incluso mantenerme caliente en invierno. Estudiar era complicado: mucho frío o, a veces, no había luz y teníamos que usar una vela.
Aun así, siempre disfruté. Veía todo a mi alrededor como si no existiera nada más. Vivía en mi propio mundo mientras hacíamos hot dogs y pretendíamos que estábamos de campamento, imaginando que la vela estaba en el bosque y que animales nos rodeaban. Era feliz teniendo a mi madre a mi lado. Eso era lo que importaba al final del día.
Cuando volví al colegio después de dos semanas de descanso, estaba atrasada en todos los cursos. Un día, el profesor de literatura nos pidió escribir una historia libre. Decidí escribir la historia de los hot dogs y me hicieron leerla frente a toda la clase.
Mis compañeros se reían; no entendían lo que significaba. El profesor dijo que yo no había escrito esa historia y me desaprobó.
Muchos compañeros me sonreían de manera burlona cuando regresé a mi lugar. Especialmente una compañera, Jess. Constantemente le gustaba ridiculizarme, pero en realidad nunca me importó. Tenía la historia conmigo; eso era lo que realmente contaba en ese momento.
Jess se lo contó a todos los que no estaban en mi salón: que había desaprobado la asignación de literatura. Podía ver el placer en sus ojos al hacerlo; yo solo quería llegar a casa.
Jess no dejaba de molestarme con la misma historia de que había desaprobado literatura. Durante el colegio, después del colegio, en el transporte camino a casa… no paraba. Pero mientras ella hablaba, yo ya no la escuchaba.
Solo pensaba en llegar a casa y comer hot dogs. ¿Era mi escape? No lo sé. Pero ese pensamiento me hacía feliz.
Nunca me quejé. Tal vez debería haberlo hecho. Pero me llevé la historia conmigo a casa.
Al llegar a casa con la historia en mis manos y la nota del profesor que decía que había desaprobado, mi mamá no me dijo nada. Simplemente me dijo que siguiera escribiendo:
—Olivia, nunca dejes de escribir.
No me preguntó qué había pasado, solo eso. Coloqué el pedazo de papel en uno de los libros que mi hermano me había regalado. Luego cogí un cuaderno y empecé a escribir pequeñas historias.
El invierno ya se estaba acabando. Ya no dependíamos del calefactor todos los días. No había más hot dogs ni aventuras con mi hermana. Sin embargo, aprendí a cocinar hot dogs en la sartén. Seguíamos sin luz muchas veces, pero no importaba. Nada importaba. Solo importaba estar con la gente que querías.